olscul*

El sábado llegué al trabajo a las 8am. como de costumbre, saludé a todo el mundo, fui a la cocina, me hago el café de rigor, me dirijo al escritorio y .. Sorpresa!! estaba ella, sip, ella misma, la de la foto, esa señorita de talle post moderno mirándome como: "hola soy nueva aqui, quieres tocarme?" Diablos! fueron varias cosas las que se me pasaron por la cabeza:
"para que me dejan porquerías aquí!! ¬¬"
"calculadora o controlador midi?"
"funcionará?"
"mm ya filo, igual le da un estilo vieja escuela al escritorio..."
Rápidamente salí de la duda: Sip, si funciona. Cuando la encendí un extraño ruido me asustó, su impresora incorporada, la cual no noté hasta ese segundo, saludaba. Luego un número cero, de un color verde chillón apareció resplandeciente e inmóvil en su estrecha pantalla "negriverdosa" ansiosa de que la llenen de cifras y unos dedos juguetones golpeteen sobre sus teclas negras, grises y blancas. Debe ser un verdadero placer para la Panasonic.
Me gusta.. sobre todo su atractivo botón naranjo "CE".

in ear*

Tambaleante se desplazaba por el andèn, con ritmo pausado y un semblante casi soberbio; era el dueño de todas las miradas que pululaban en el lugar, miradas cansadas y lejanas, pero atentas a cada movimiento de aquel alto extraño de los fonos grandes y vacilantes pasos.
Era la primera vez que disfrutaba tanto esa cancion.

Martes

Salì de la casa. Olvidè las llaves. Golpeé la puerta. Me las entregaron sin decir palabra. Tomé el autobus. Observo por la ventana. Bajo al metro. Me quedo en su mirada. Profundo, olvidado, confuso y temblando. Desciendo. Me siento. La observo como se aleja. Voltea, me mira y se acerca. Me besa. Me abraza. Me deja...
Un dia como cualquiera.

Frio

Y así, sin más, emprendí la marcha. Sin ganas de nada, sin objetivo ni rumbo alguno, acompañado solo de los recuerdos que había logrado recolectar hasta aquel suceso.
Hacia frío aquella tarde; corría un viento muy gélido que circulaba por entre los edificios del lugar, a ratos se convertía en una brisa suave y jugaba por entremedio de mis dedos desnudos que sostenían el cigarrillo: echaba de menos mi chaqueta gris. Un largo tramo tuve que andar por ahí hasta encontrar un sucucho donde guarecerme y tomar un trago para deshacer en parte el nudo que crecía en mi garganta; lento y angustiante sentir que me envolvía, que me llevaba a cada instante recorrido aquel día, cada rincón de ese lugar testigo de lo que ahora me quitaría el sueño y me hiela las manos cada noche y cada mañana.
- Gastón!
- eh?
- soy yo, Renato, ¿no te acordàs de mi?, ¡el de Buenos Aires!
Sin mirarlo, respondí casi inexpresivo:
-Disculpa, pero no te conozco.
-Pero...
Caminé... no se cuanto tiempo deambulé por la ciudad en busca de un alivio que estaba lejos de mi. Realmente no quería estar ahí, deseaba tanto estar otra vez en casa. Tenia frío y la camisa que llevaba ya no me protegía. Mi interior estaba envuelto en algo que me pesaba, denso, amargo, agraz; el hambre empezaba a hacer de las suyas. Recurrir a alguien de confianza.
- ¿se encuentra el señor Cienfuegos?
- ¿de parte de quien?
- un amigo.
- su nombre caballero, por favor.
- Sepúlveda
- ¿Perdón?
- Sepúlveda, dígale que es Sepúlveda
- Un segundo...
Un segundo, que se transformó en minutos, luego de un momento me vi otra vez en la calle, no tenia nadie mas en mente, todos se habían ido no se a que lugar o quizás desaparecieron por una u otra razón ¿por miedo? ¿Por gusto? difícil era determinar algo así cuando ni siquiera se sabe que esta uno mismo, aplastado por las interrogantes, acorralado por la incertidumbre, entumido y solo. Tenia como quince años cuando conocí a Mariana, recién llegado a Concepción mi tía me puso en un colegio cerca de la casa, previo trato con mi madre. Sentía que todo era nuevo, a pesar de haber estado ahí el verano recién pasado. Ya no volvería a Santiago por un espacio que ni yo mismo imagine.
Era extraño verme de escolar circulando por esas calles que habían sido recorridas tantas veces al calor de enero. Llegado a mí destino no tardó en llamarme la atención la niña que venia en sentido opuesto: misma corbata azul.
-¡Hola Mari! - dijo mi primo- ¡como vai'! ¿Que tal las vacas?
-¡Hola hola!..- agitó la mano mientras se alejaba.
Solo eso dijo la muchacha y se perdió entre la multitud "pingüina" que se repartía entre las salas que daban al patio de tierra con sus puertas abiertas. La creciente polvareda que se levanto tras el tumulto dio paso a la aparición de un señor con delantal azul asperjando agua con un balde. Dos días pasaron hasta que volví a ver a “la Mari” (como solía decirle mi primo Emiliano): tranquila, suave, con el uniforme oscuro contrastando con el color rosado pálido de sus mejillas y de lo que se alcanzaba a ver de sus piernas entre el jumper y las calcetas azul marino. Ella reemplazó todos mis pensamientos infantiles, tomo el lugar de las “fantasías animadas” y las tardes enteras de “metrópolis”, me confundía, me aterraba. No se en que momento tomé el valor y la hice mi novia, solo sucedió, ya distaban años desde la primera vez que mis ojos se prendaron a ella, y estaba ahí, conmigo, nada podía desbaratar o al menos mellar lo que por lo menos en mi, hasta ese minuto habíamos construido.
- estoy aburrida de ti… me voy
- pero Mari
- de verdad estoy harta
- espera
- ¡Déjame!, ¡voy a gritar!
- me da lo mismo, tu eres mía, siempre lo has sido. Yo te amo.
- ¡Déjame te digo!
Dejé su brazo. Me adelanté y salí de la casa, decidí tomarlo como una situación anterior similar a esta. Volví muy tarde y con varios tragos en el cuerpo, no entré mucho mas allá, deslizarme por la casa en ese estado y acostarme junto a ella seria empeorar las cosas, opté por el sofá.
No supe hasta varias horas entrado el día siguiente que, a diferencia de otras veces, Mariana de verdad se había ido: la cama intacta y nada de su ropa, algunas cosas quedaron en el baño y la habitación. Entonces sentí un vacío inmenso y un frío que invadía cada rincón de mi cuerpo, haciéndome temblar, caí de rodillas al piso en vista del panorama desolador que me ofrecía la casa en ese instante, eterno.
Esperé tres días hasta saber algo de Mariana, un amigo me comentó que se encontró con ella en el aeropuerto el mismo día que se fue de casa, iba con alguien más, maletas, y muy rápido, según lo que me dijo Cienfuegos, con destino Buenos aires.
Pensé por largo rato y a la mañana siguiente de la conversación, me encontraba viendo el Obelisco. Día cuatro paseándome por la ciudad preguntando y ni señales de Mariana, no quería perderla y por lo mismo daría todo lo que estuviera a mi alcance para recuperarla o por lo menos preguntarle.
- ¡hola! ¿Algún problema amigo?
- Estoy bien gracias.
- dale loco, te invito una copa.
- No gracias, te dije que estoy bien solo.
- Soy Renato, un gusto.
Yo solo callaba y miraba las botellas puestas en el mostrador fijamente, como si la solución a todas las cosas estuviera ahí, en aquellos brillos y colores filtrados por el alcohol contenido en su interior, inmóvil, mientras la lámpara atravesaba con su luz cada centímetro cúbico del recipiente. Lo ignoraba, no era nadie, ningún valor tenía para mí aquel desconocido, yo estaba allí por solo una razón y nada más.
- un gusto
- Gastón.
- Sos chileno, ¿no?, ¿en que andas?
- Busco a alguien.
- ¿alguien en especial? puedo ayudarte si quieres, conozco bien la ciudad
Santa Fe y Callao. Nos juntamos ahí al medio día del miércoles, el tipo hablaba mucho, yo casi nada, incomoda situación por cierto, nunca fui bueno para hablar con extraños; ni siquiera hablaba mucho con la gente cercana a mi, pero que diablos, el sujeto conocía mucha gente y quizás podía ayudarme.
- Hola Mariana
- ¡Gastón! ¡Que haces aquí!
- te buscaba, necesito que hablemos, por favor.
- no tengo nada que hablar contigo.
- solo dame un momento.
- ¡Basta! Ya no te amo.
Y así, sin más, emprendí la marcha. Sin ganas de nada, sin objetivo ni rumbo alguno, acompañado solo de los recuerdos que había logrado recolectar hasta aquel suceso.

Los extraños.

Deambular por la ciudad como entes invisibles es pan de cada dia, cada uno apela por sus propios problemas, procupaciones, sentires.
Todo avanza tan rapido, tan mecanico, tan frio, siento ke todos somos como engranes de un reloj, con funciones diferentes, especificas, desempeñando a veces con un rol definido por otros sin habernos sikiera antes preguntado si eso era lo ke realmente queriamos hacer, solo queda bajar la cabeza, callar, tragarlo y hacerlo...
...O levantarse, mirar al frente y proseguir, haciendo caso omiso a lo impuesto y creciendo a cada paso dado, convirtiendose asi en uno mas de la lista de los "extraños".

Grin&Bear*

Últimamente mi vida ha sufrido varios vuelcos, situaciones, personas y lugares han ido erosionando y tallando mi diario vivir, que a mi parecer han sido demasiados en el ultimo año, quizás mas de los que me afectaron en los 22 anteriores a este; veladas increíbles contrastan con vivencias que ahora quiero olvidar, o mejor aun, volver atrás y tratar de que no sucedan, aunque no se si borrarlos sea lo indicado, tal vez sea mejor aprender de ellos, ¿no?
Así, he ido sorteando obstáculos, saltando vayas, reencontrándome con unos, y desechando otros, conociendo unos y olvidando otros, y así, como un constante vaivén; como una vez mi madre me dijo: "alguna vez te darás cuenta de lo difícil y salada que se pone la vida, pero ten por seguro que siempre después de lo agraz, viene lo dulce", un consejo cliché que cualquiera puede dar, pero de verdad, en la forma que me lo dijo, y recordando la situación en que estaba inmerso, pues cobra ahora mayor significación.
Se que debo sacudirme la ropa y reponerme de los porrazos, pero cuesta, si , mucho; me ha costado mucho, pero en los últimos días he ido en ascenso, doy 2 pasos mas de los que retrocedo (antes retrocedía más de los que avanzaba), y eso me tiene animoso, con las ganas de saber si el día de mañana podré emprender la caminata sin la necesidad de mirar atrás, levantar la frente y dejar atrás esos putos malos recuerdos que me raspan el alma y me hacen caer.
Creo que un gran paso es que me haya dado cuenta de que tengo muchas cosas por las cuales mantenerme en pie.
No seguiré con la cabeza metida en el fango, es hora de avanzar...



Vivimos en un mundo donde la rutina mecánica del trabajo es un peso atado a nuestros pies, donde el reloj dicta los pasos a seguir a lo largo del día...
a ratos siento que me ahogo, pero a pesar de todo ahí hay que estar, "ponerle el hombro" como bien dice mi madre.
A veces no queda otra que apretar los dientes y seguir.
Ya vendrán tiempos mejores...
Si.